Abril

23 oct. 2012

TENIAMOS MEDICOS DE CABECERA Y PRACTICANTES DE PAGO. Los demas no, eran pobres



D. ANSELMO EL PRACTICANTE

Nunca he llegado a comprender porque los chavales al salir de la escuela, por la tarde, tenían que llegar a la casa corriendo y entrando en tropel. Porque el poco rato que permanecían dentro no justificaba esa carrera por llegar.

Entraban, soltaban la cartera, se cogía la merienda y a la calle. La merienda, bien un hoyo con aceite y azúcar o una jícara de chocolate y un trozo de pan. Demasiado pan para tan poco chocolate.
Los jueves era diferente, no había colegio por la tarde. La merienda consistía en una peseta y esperar que pasara la señora María, la del delantal blanco y una cesta de mimbre llena de olorosas tortas pujadas de aceite.

Por las tardes solo nos retenía en casa el característico olor a alcohol que delataba la presencia de D. Anselmo, el practicante. Hoy tocaba inyecciones. Todo un espectaculo. Sobre la Mesa Camilla ya estaba preparado el bote del alcohol, un paquete de algodón en rama con su papel azul intenso y la enorme caja de inyectables.

D. Anselmo, con unas solemnes -Buenas tardes- iniciaba la ceremonia. 

Del maletín salía unas cajitas alargadas metálicas. En la primera colocaba un poquito de algodón y lo impregnaba con un chorrito  de alcohol. En otra cajita ya tenía colocadas en agua  aquellas enormes agujas y alguna jeringuilla. El momento esperado era cuando aparecía el mechero-pistola y con una especie de disparo el alcohol se ponía a arder, una misteriosa luz bailante de color azul y un intenso olor a alcohol anunciaba que había llegado el momento.

El abuelo ya estaba preparado. De pie, con la mano izquierda apoyada sobre una silla, el culo un poco en pompa, la correa desabrochada  y la mano derecha sujetando el pantalón para cuando llegara el momento dejarlo caer y enseñar el mínimo trozo de cachete, pero suficiente, para que D. Anselmo hiciera bien su trabajo.

El gran momento de la faena había llegado, el practicante parecía transformarse. Con gesto solemne se acercaba al abuelo. En una mano y entre dos dedos una enorme aguja y en la otra la jeringuilla llena de aquel liquido milagroso. 

Todo era muy rápido. Con la mano de la enorme aguja y con los dedos libres que le quedaran daba unos golpecitos en el trozo de cachete que el abuelo tenia al descubierto y rápidamente la aguja aparecía clavada en ese trozo de culo. 

El resto ya era menos emocionante. D. Anselmo engarzaba la jeringa en la aguja e introducía la inyección en el abuelo.

La pregunta también era ritual. – ¿Le ha dolido?- EL abuelo nunca contestaba. Quizás porque había niños por delante.

Un –Buenas tardes, o un hasta mañana a la misma hora- anunciaba la marcha de D. Anselmo.

Entonces íbamos a la rebusca.

 Lo más apreciado eran aquellos mini botes con tapones de goma, normalmente de color azul y rosa, que decían era de penicilina. Y otro despojo apreciado era aquella especie de lima con la que D. Anselmo frotaba en el cuello de las ampollas  y que con un golpe certero con los dedos, el cuello se rompía para poder introducir la aguja y extraer el líquido.

Las emociones de la presencia en la casa de D. Anselmo el practicante hubo una racha que se convirtieron en terribles miedos rayando en angustias, creo que con consecuencias para toda mi vida.

D. Ángel el médico de cabecera de la familia tuvo la ocurrencia de insinuar que el niño estaba muy canijo y que le vendría muy bien unas nuevas inyecciones de vitaminas.

Me programo una terrible semana de pinchazo diario. Consiguió que D. Anselmo el practicante se convirtiera en  el personaje más odiado de  toda mi infancia.

Ya no corría por llegar a casa pronto a la salida del colegio por la tarde. Había que esperar la llegada de D. Anselmo para hablar de la merienda.

El ritual de hervir las agujas y la jeringa era como la previa a una batalla campal, se trataba de la caza del niño.
 Normalmente alguna morbosa vecina voluntaria era la que tenía más habilidad para ello. En un aparente solo movimiento conseguía colocar al niño sobre el regazo, bajar los pantalones y poner dos blancos cachetes a disposición de D. Anselmo. Los gritos y chillidos al tercer día de inyecciones ya no molestaban a nadie, estaban previstos en el ritual.

Pero lo más humillante lo peor de todo era que permitieran  asistir  al espectáculo a la hija de la vecina, la niña de las trenzas, la de las mandarinas debajo de la camisa  y la cortita falda muy lejos de los calcetines.
Yo le había prometido que de mayor sería el más  rápido y valiente Sheriff de la comarca.

OCTUBRE 2012

Con respeto y cariño por aquellos sanitarios de pago, pero con el recuerdo de mis otros vecinos, que no tenían ni practicante ni médico de cabecera. Eran pobres.

(En los tiempos que corren: “Cosas peores veredes amigo Sancho”)


  



No hay comentarios:

Publicar un comentario